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    China está creciendo a un ritmo imparable, por ello se están produciendo situaciones urbanísticas que parecen de chiste malo. ¿Alguna vez habéis visto cómo un gran edificio de viviendas, imprevistamente, se volcaba hacia atrás como un árbol caído? Eso es lo que ocurre con cierta regularidad en ciudades como Shanghái.

    Bloques de viviendas de 13 plantas que de repente se vencen hacia atrás y quedan tumbadas boca arriba. Y lo más extravagante: algunos de estos bloques quedan casi intactos, incluso con los marcos en perfectas condiciones. Las columnas subterráneas que debían ser los cimientos quedan al descubierto, como efectivamente las raíces de un árbol descuajado por un huracán.

    Pero la razón de que los edificios se derrumben de esta forma tan original es producto de un crecimiento urbanístico mal planificado unido a una insuficiente inversión que se traduce en materiales de mala calidad.

    Afortunadamente, muchos de estos edificios se desploman poco antes de ser entregados a sus inquilinos, cuando se están ultimando los detalles finales, como le sucedió al complejo Lotus Riverside, de la constructora Shangái Meidu Real Estate, que ya había vendido 489 de los 629 pisos disponibles. Levantado en el distrito de Minhang, en las afueras de la capital, muchos compradores de los otros 11 edificios en construcción ya han reclamado la devolución de su dinero.

    Un despiporre urbanístico al que sin duda podría aplicársele el texto que Pau Arenós escribió en un artículo titulado Taladro en la cabeza a propósito del ruido de las ciudades:

     

    La broca gigante te agujerea la cabeza, roza el bulbo raquídeo, abre un foso, que servirá de cimiento al nuevo edificio. Lobotomizado, pierdes todas tus ideas por ese sumidero. No puedes pensar. La nueva casa estará sobre tu cabeza. Las autoridades regulan el ruido de los coches, de las industrias, de las discotecas, de los bares. ¿Y los decibelios de las obras? (…) Las obras te cercan. Vives rodeado de grúas, y no entiendes su lenguaje. Un paisaje bélico, trincheras, barro y cascotes. El bebé se acaba de dormir y la radial parte por la mitad una baldosa y el sueño del niño. Lees un libro y el polvo tapa las letras, que se pierden en ese desierto mínimo. Sesteas y el pitido que advierte del movimiento de la grúa se cuela en tu sueño y te persigue como si fuera un monstruo sin catalogar. Escribes en el ordenador y el ritmo de las letras lo marca el martillo. Hablas con tu pareja y parece que llevéis cascos y orejeras de peón porque no os entendéis. Si levantan un piso más, te volverás loco.

    Escrito por Sergio Parra el 5 enero, 2012 | ningún comentario
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