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    Normandía: los cementerios del Desembarco

    Una inscripción en inglés, francés y alemán recibe a los visitantes del cementerio alemán de La Cambe, en la costa de Normandía, donde reposan los cuerpos de 21.000 alemanes caídos en Francia durante la II Guerra Mundial: “Los mejores mensajeros de paz son los cementerios de guerra”. Solo en Normandía hay una veintena de estos cementerios, lugares que sobrecogen e invitan a reflexionar a los viajeros.

    Lejos de ser un pasatiempo macabro, recorrer estos lugares, testigos de la peor de las guerras que ha sufrido Europa en su larga historia, es un viaje que vale la pena. Los hay de todo tipo, aunque citaremos aquí los tres más grandes y conocidos, cada uno con su propio estilo y personalidad, reflejo de una forma distinta de entender la vida y el mundo.

    El más famoso es el cementerio de Coleville, situado en un hermoso emplazamiento en un terreno elevado mirando al mar, frente a la playa de Omaha, un terreno cedido a perpetuidad al Ejército de los Estados Unidos donde yacen los restos de más de 9.000 hombres, cada uno con su propia cruz blanca donde aparece el nombre del soldado caído, la fecha de su muerte y su lugar de procedencia. Tal vez suene extraño decirlo, pero es un lugar muy bello, lleno de césped en el que reina un respetuoso silencio, a pesar de los numerosos visitantes que recibe a diario.

    Coleville no se libra de las habituales exhibiciones patrióticas un tanto recargadas propias de los norteamericanos. Hay banderas por todas partes y, ya en la entrada, un interesante museo proyecta breves documentales que ensalzan a los jóvenes soldados “que cruzaron el Océano para dar su vida por la libertad”. Al estilo del memorial del 11-S, en un largo pasillo llamado “sala del sacrificio”, una voz repite uno por uno y sin interrupción el nombre de cada uno de los militares allí enterrados. También es llamativo, al menos para los no estadounidenses, la campana de la capilla, que marca las horas con los acordes del himno de los Estados Unidos. Monumentos, placas conmemorativas, fuentes, estanques, jardines… Resulta extraño decirlo, pero el cementerio de Coleville es un lugar muy agradable para pasear y, en cierto modo, un eficaz instrumento de propaganda.

    ¡Qué diferentes son los otros cementerios! El de los británicos, en Bayeux (donde yacen más de 4.000 soldados), sustituye las cruces por sobrias lápidas con el nombre del fallecido, el escudo de su compañía de armas y una breve dedicatoria de los familiares. Hay flores frescas en algunas tumbas, sobre todo en las de los soldados desconocidos. Ni una bandera, solo silencio, orden y unos jardines impecables. Lo mismo se puede decir del de La Cambe, citado al principio. Las placas del suelo agrupan las sepulturas de dos en dos, donde se lee el nombre, la graduación y las fechas de nacimiento y muerte del soldado (impresiona comprobar cuántos de ellos eran menores de 20 años). Unas frías cruces de piedra de estética germánica sirven de hitos para poder orientarse en el interior de este inmenso camposanto. Tampoco hay banderas, ni museos, ni monumentos. En el centro, un túmulo cubre la fosa común donde se hallan los restos de más de 600 soldados alemanes que jamás pudieron ser identificados. Se puede subir a lo alto para otear el horizonte y comprobar, no sin cierto escalofrío, la magnitud de una catástrofe humana que conviene no olvidar nunca.

    Fotos: Daniel Terrasa

    Escrito por Daniel Terrasa el 11 octubre, 2011 | 1 comentario
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    Arturo Muñoz | 15 de octubre de 2011 | 11:50 pm

    Hola, Daniel. En 1995 asistí a la siguiente escena en casa de mis padres, que habían invitado a un matrimonio inglés, amigos suyos desde hace mucho años. Él, George Rigger, había sido Teniente de navío en el crucero King George V durante la Segunda Guerra Mundial.
    En 1994 se había celebrado el cincuentenario del desembarco de Normandía. Rigger lamentaba la conmemoración (con los presidentes de los países implicados) porque él había observado lo que ocurría en Omaha desde el barco. Habían escoltado a los transportes de tropas, y con los visores observaban el desarrollo de la batalla. Recordó que no quedó ni un hombre vivo de los que formaron las primeras oleadas, y que cuando cambió la corriente, les llegaron los restos flotantes de muertos y mutilados… Me impresionó verle llorar como un niño, 50 años después. Como he dicho, criticaba que se conmemorara el desembarco, aunque reconocía que no había más remedio que sacrificar vidas de soldados para ganar la guerra.
    Un abrazo.

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