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    Las murallas de Ávila

    Posiblemente sea Ávila la única ciudad de España, incluso de Europa, a la que las sucesivas oleadas de progreso, riqueza y desarrollo turístico no han logrado romper sus murallas. La ciudad, contenida dentro de este magnífico e imponente corsé de piedra, conserva de este modo todo su carácter castellano, sobrio y añejo.

    Los nuevos llegados se fueron estableciendo a lo largo del tiempo en arrabales y barrios exteriores, sin necesidad de derribar ninguna sección de la muralla, que fue construida en el siglo XII pero hoy es hoy el gran símbolo e imagen de la ciudad, lo primero que impacta en la retina del viajero.

    Aunque la mayor parte de visitantes llegan desde Madrid, lo mejor es desviarse un poco hacia la carretera de Salamanca y allí detenerse en un lugar llamado Humilladero de los Cuatro Postes, donde se obtiene la mejor y más hermosa panorámica de Ávila, sus tejados, torres, campanarios y, sobre todo, su muralla perfecta y limpia, de unos 2,5 kilómetros de perímetro.

    Imposible visitar Ávila sin dedicar a estos muros el protagonismo que merecen, así que lo mejor es tratar de recorrerlos. Desde la Puerta del Alcázar por ejemplo, cerca de la cual será más fácil aparcar el coche.

    Cruzando el límite de piedra de la ciudad hacemos sin darnos cuenta un pequeño viaje en el tiempo. En la Plaza de la Victoria (llamada “el Chico”), se levanta el Ayuntamiento y se celebra el mercado. También aquí se ubica la estatua de Santa Teresa, tal vez la figura más importante que Ávila ha dado a la historia.

    Paseando sin rumbo fijo uno se topa continuamente con los grandes sillares de la muralla, sin dejar de asombrarse por sus grandes dimensiones: una altura que alcanza los 20 metros y torres de planta semicircular que parecen gigantes de piedra. Cada puerta, cada rincón esconde una leyenda, un secreto, una historia. Es fácil aquí distinguir a los abulenses de los forasteros, ya que todos los que llegan de fuera no pueden evitar levantar el cuello para admirar la magnitud de esta cinturón de piedra que ciñe, aunque no ahoga, a la ciudad.

    De cerca descubrimos también que la muralla no es tan uniforme y monolítica como desde lejos aparenta. De pronto aparecen ante nuestros ojos frisos y cenefas de ladrillo, sello inconfundible de los constructores mudéjares y moriscos, cambios de altura que se adaptan a las irregularidades del terreno, almenas y muros adosados, auténticos “parches” que han dejado su huella en las reparaciones y reconstrucciones de la muralla a lo largo de los siglos.

    Después de un paseo por sus muralles, entendemos mejor la importancia de estas piedras más allá de su originaria función defensiva. En ella está la historia y el alma de Ávila y sus gentes.

    Foto vía: avilaturismo.com

    Escrito por Daniel Terrasa el 11 septiembre, 2011 | Comentarios desactivados
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